“Ahora para siempre”

Amos Oz

El absurdo de masticar

¿Pagar la cuenta?
Que costumbre tan absurda
Groucho Marx

La instalación del aura de este escenario se prepara desde la sala de espera para el público. Un juego de colores y ornamentos orientales con espejos, la insoportable insistencia de la música china para elevadores y un té de jazmín servido bajo el, ahora sagrado, umbral del teatro. Todos los sentidos están entretenidos. Entre luces rojas y languidecientes se posa el tapete-mural del Dragón Dorado. Pero todas las formas pasan desapercibidas bajo la condición de que aun no hay actuación. Las palabras de la conversación de pasillo no quedan en el registro de lo sagrado hasta que no entran en escena. ¿Por qué? ¿Cuándo será el teatro un lugar para reírse o llorar de nosotros mismos? ¿O es que, en realidad, esto es el teatro? Sea como sea, la palabra trae de golpe al mundo todas las cosas que son representables, desde el pecado de Adán hasta los chistes de Cantinflas; basta con ponerse a hablar.

Pareciera que en la puesta en escena del Dragón Dorado, escrita por Boris Schimmelpfenning, dirigida por Daniel Jiménez Cacho, todo sucede hablando en un restaurante de comida China, los eventos están en el discurso. De los chismes del edificio se desprenden, indiferenciadas, las vidas que corren paralelas a esos chismes. Entre platillo y platillo hay mil y una noches de folklor chino. El sosiego Zen de la presentación del cocinero y su gong es tan sólo una advertencia del caos por venir, una transportación del aura cotidiana a la brutalidad de la de rutina. Y de las cenizas que ha dejado el fuego del habla, donde todo quiere estar dicho, de una u otra manera, ha nacido para el teatro la sospechosa denominación de narraturgia. Aunque áspero, el término debe ser examinado de manera más atenta, pues a primera vista sólo es la propuesta de una estéril invasión de las narrativas en el diálogo dramático. Sin embargo, esta discriminación es producto de la pereza de algunos críticos. El uso ilimitado de la narración en el teatro le da al desarrollo del personaje, que antes se buscaba por medios de autoconocimiento, la libertad de ser biográfico o, si se quiere, autobiográfico. Reforzar sus gestos con una identidad nueva consigo mismo o los personajes. Pero con el riesgo de incidir en el peligro que señaló Borges cuando dijo,  “Biografías: son el ejercicio de la minucia, un absurdo. Alunas constan exclusivamente de cambios de domicilio.” Riesgo que toma Jiménez Cacho en la apuesta de su puesta en escena y, tal vez, para hacerlo menos evidente, recurre inadvertido a extremos catárticos y sangrientos. De la obra, el director asume que expresa los saltos cualitativos que llevan de la emoción a la apatía y viceversa, cuando afirma, “[…] la misma cosa puede conmovernos hoy y dejarnos indiferentes mañana. Al despertar me sentía cerca pero ahora me siento lejos”. Me pregunto si esto no estará incomprendido y, en vez de un desasosiego haya una necesidad misteriosa de que todo lo cercano se aleje.

Pero si esto no es suficiente para invadir los sentidos del espectador, está todavía la “trama” (si es que ha quedado algún lugar para esta determinación). Que, para resumir a la manera de las críticas, donde se dice todo y no se dice nada, se cuenta el camino de una muela hacia la salvación. Para ser más precisos, un primer molar del lado derecho. Esta biografía de una muela bien puede corregir lo que hasta ahora hemos dicho sobre la esencialidad del habla,  e incluir algo de comestible en este tipo de teatro.  Pues la necesidad absurda de masticar puede conducirnos a  territorios salvajes, un dolor de muelas se convierte, en primera instancia, en un obstáculo para vivir o trabajar. Pero más adelante, puede ser un impedimento del orden de ese cosmos que llamamos comunidad. Hablar y comer son los dos absurdos que exhibe esta astuta puesta en escena.


 



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